miércoles, 18 de febrero de 2015

Una ilusión rota


Esperé horas, horas que fueron interminables. Durante el tiempo que estuve esperándolo en ese pequeño café ubicado en la Avenida Rivadavia me las ingenié para mantener a mi mente confundida por una serie de sentimientos encontrados entretenida, y así esa esperanza de verlo llegar siga dentro mío.

En un principio simplemente esperé, me miraba las uñas prolijamente pintadas con un color de esmalte que hacia juego con el atuendo que tan cuidadosamente había elegido para la ocasión, también observaba los detalles de la mantelería; el mantel que solía ser blanco y tenía una quemadura de cigarrillo, la servilleta que estaba doblada de forma despareja y que luego acomodé. Nunca me caractericé por ser una persona paciente, y además tenía mas ansias que esa vez que rendí un final y los profesores tardaron horas en darme la nota, el temita de la paciencia requirió de mucha voluntad pero lo solucionaba de a ratos observando a mi entorno que en un principio mi presencia les era indiferente pero con el paso del tiempo estas personas entendieron la situación en la que estaba y me empezaron a mirar con algo de lástima, hasta podía sentir una cierta empatía, un deseo de que aquel muchacho apareciera en el lugar y de una explicación entendible sobre su tardanza.

Pasó hora y media desde que llegué a tal punto de encuentro justo a la hora en la que habíamos concordado, ni un minuto antes ni un minuto después, y eso que yo no acostumbro a ser puntual. Mis nervios ya no era algo interno que podía disimular, se manifestaban en mis actos; desbloqueaba y bloqueaba la pantalla del celular frecuentemente con la ilusión de encontrarme con algún tipo de aviso, con cada pispeada veía el tiempo pasar y en la ventana observaba como el día iba acercándose a su fin para darle lugar a la noche. Estaba nerviosa, algo desesperada y muy, muy ansiosa, ya se notaba físicamente, de la forma que movía mis manos sudorosas y mis pies, mi mirada inquieta dirigiéndose a la elegante puerta antigua que anteriormente había admirado, estaba tan concentrada esperando su llegada que ni me di cuenta que la camarera me trajo el café que pedí hace una hora, ni siquiera me acordaba que lo había pedido hasta que lo vi sobre la mesa, frío e intacto.

Luego de las dos horas todas las inseguridades que me abrumaban se incrementaron, ya podía sentir angustia y no me importaba el motivo de tal retraso, solo me conformara con que viniera y simplemente eso. La camarera se acercó a retirar la taza de café que no había tocado y por primera vez vi su rostro, y en su rostro vi una mirada misericordiosa dirigida a mi persona, solo atiné a hacerle una media sonrisita (la cual me costó). En ese momento mi vista se nubló, sentí mis ojos húmedos, muy húmedos y mis lagrimales calientes, me levanté y fui al baño, podía escuchar los murmullos del resto de los clientes a mis espaldas y la verdad no me favorecían en nada, no quería que me vieran como una pobre chica a la cual tenerle pena. Me miré al espejo y vi a una chica con un aspecto impecable, prendas y accesorios pensados y repensados para tal ocasión, un cabello prolijo, con que el había luchado para que quedara lindo, no se me escapó ni el mas mínimo detalle. Las horas que estuve produciéndome habían dado un buen resultado, tenía el maquillaje tan bien aplicado que podía disimular las imperfecciones de mi rostro pero no la desilusión y angustia que manifestaban mis facciones. Vi la chica que todos los de ese lugar habían visto. Respiré hondo y contuve mis lágrimas. Decidí quedarme un rato mas y pedir un té de frutos rojos porque aún la esperanza no se había ido del todo.

Tres horas ya eran las que pasaba en aquel lugar, al parecer la moza misericordiosa había terminado su turno porque esta vez el té me lo trajo un hombre. Él no apareció, la deliciosa infusión no logró levantarme ni un poco el ánimo, me di cuenta que era hora de volver a casa, debía asimilar que ese chico que me parecía tan dulce no se presentaría a tal cita, ¿acaso lo habrá olvidado? ¿o se dió cuenta que yo no era su mejor opción?, prefería no saberlo, me quedo con esa intriga. Pagué y me retiré, a la media cuadra siento una leve llovizna sobre mi piel, esa lloviznita muy rápidamente se convirtió en una fuerte lluvia, me apresuré en llegar a la parada del bondi en vano porque había perdido la sube, me sentía el ser mas desafortunado del mundo.

Veintiséis eran las cuadras que me separaban de aquella parada de mi casa, no tuve mas remedio que ir caminando. Si bien el barrio de Flores no es un lugar seguro para que una señorita (ni nadie) ande sin compañía en ese momento estaba tan adentrada en ese mar de sentimientos que afectaban mi estado emocional que ni pensé en el peligro que podría llegar a correr. Mis lágrimas se mezclaban con la intensa precipitación que golpeaba mi cara, iba a llegar a casa con la cara lavada, de todos modos eso no importaba, ni eso ni las otras rutinas de belleza que había realizado para la ocasión. Eran las últimas cuadras, mis pies se entorpecían con las baldosas faltantes o las que estaban levantadas por las raíces de los árboles, me sentía tan abatida, tan superada por la situación que no tuve la voluntad de caminar como se debía. Llegué a mi casa, no me interesaba verme al espejo o ir al baño ni nada, solo me saque la ropa mojada, esa la que fue cuidadosamente seleccionaba por ciertos detalles de gran importancia para mi y que ahora era igual a la que estaba sobre la cama, las que formaron parte del despelote que armé en el placard y después no ordene. Agarré aleatoriamente alguna de esas prendas y me la puse, el resto la revolee al piso, me tiré en la cama a llorar hasta que mi angustia se haya ido, o me haya dormido, lo que sucediera primero. Me quedé dormida.

martes, 17 de febrero de 2015

Contradicciones

Me gusta la tranquilidad del campo, me gusta el caos urbano.
Me gustan las frescas y soleadas mañanas de verano, me gusta la espesa niebla y lo gélido de las mañanas invernales.
Me gusta matar el tiempo con una placentera siesta, me gusta sentirme productiva.
Me gusta lo clásico, me gusta lo moderno.
Me guío por mis impulsos, dudo mucho.
Adoro la naturaleza, me entretiene la tecnología.
Me gustan los colores del amanecer, me pierdo en las estrellas.
Me gusta estar rodeada de personas, anhelo un tiempo de soledad.
Me gusta lo tradicional, lo de siempre, me renuevo constantemente.
Me gusta cuidar de mi apariencia, me despreocupo por ella.
Me gustan las cosas simples de la vida, elijo lo complejo.

domingo, 15 de febrero de 2015

Malos hábitos

No ver los días como nuevas oportunidades.
Ignorar el tiempo perdido y simplemente seguir perdiendolo.
No dedicarse a cosas productivas.
La dejadez, ese mal que vive dentro mío que se va incrementando, crece como los hongos en un pan rancio.
 El cansancio progresivo de estos días y el dueño cambiado alimentan ese bichitos que me deja avanzar y se propaga hacia cada célula de mi ser.
Recapacito. Me doy cuenta que no puedo dejar que la vida pase a mis ojos y no actuar frente a tal estímulo. No puedo seguir así.
Cuantas cosas que no hice, cuantas cosas son las que podría estar disfrutando ahora pero sin embargo no las tengo, porque no lo hice, porque no las busqué, porque soy un desastre, porque mis decisiones no son buenas, porque mis preocupaciones son ridículas.
¿Y el tiempo? El tiempo por ahora sobra, y la voluntad falta.
La voluntad, la clave para liberarme de este ciclo de malos hábitos que llevan a mi existencia al absurdo.

viernes, 13 de febrero de 2015

Un nuevo ciclo

Los tiempos corren a grandes velocidades, las personas viven aceleradas, la sociedad cambia, las costumbres se modifican y los ciclos se renuevan. En cuanto al uso de blogs que he tenido decidí dejar de usar el anterior y que quede en un estado de abandono, porque si. Bueno, no porque si, si no porque creo que el anterior blog cumplió con su ciclo y ya perdí el interés de usarlo, porque me aburrió, ya no me gusta como antes, en fin, cumplió su ciclo. Me gustan las renovaciones y esta vez decidí hacerlo en estos lados virtuales.